Porque tuve vergüenza de pedir al rey tropa y gente de á caballo que nos defendiesen del enemigo en el camino: porque habíamos hablado al rey, diciendo: La mano de nuestro Dios es para bien sobre todos los que le buscan; mas su fortaleza y su furor sobre todos los que le dejan.
Allí los impíos dejan el perturbar, Y allí descansan los de cansadas fuerzas.
De los hombres con tu mano, oh Jehová, De los hombres de mundo, cuya parte es en esta vida, Y cuyo vientre hinches de tu tesoro: Hartan sus hijos, Y dejan el resto á sus chiquitos.
Pues se ve que mueren los sabios, Así como el insensato y el necio perecen, Y dejan á otros sus riquezas.
Escondes tu rostro, túrbanse: Les quitas el espíritu, dejan de ser, Y tórnanse en su polvo.
Horror se apoderó de mí, á causa De los impíos que dejan tu ley.
Que dejan las veredas derechas, Por andar en caminos tenebrosos;
Los que dejan la ley, alaban á los impíos: Mas los que la guardan, contenderán con ellos.
Mas los rebeldes y pecadores á una serán quebrantados, y los que dejan á Jehová serán consumidos.
¡Oh Jehová, esperanza de Israel! todos los que te dejan, serán avergonzados; y los que de mí se apartan, serán escritos en el polvo; porque dejaron la vena de aguas vivas, á Jehová.
Los que convierten en ajenjo el juicio, y dejan en tierra la justicia,
Sus príncipes en medio de ella son leones bramadores: sus jueces, lobos de tarde que no dejan hueso para la mañana: